Hay cineastas que miran el mundo desde lo espectacular. Y hay otros —como Fernando Eimbcke— que prefieren acercarse a lo mínimo: esos gestos, silencios o accidentes que parecen insignificantes, pero que esconden algo mucho más grande.
“Son como un iceberg”, dice. “Ves algo pequeño, pero debajo hay una cosa enorme”.
En conversación con el director en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara, en donde su película Moscas fue la encargada de inaugurarlo, queda claro que esa ha sido siempre su brújula. Desde Temporada de patos hasta Olmo o Club Sándwich, Eimbcke ha construido un cine donde el conflicto no necesariamente es ruidoso, pero sí profundamente emocional. Un cine donde el cambio —aunque parezca mínimo— persigue a los personajes.
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Reírse en medio de lo incómodo
En Moscas, esa mirada se vuelve aún más evidente: una historia que habita un terreno incómodo, a ratos absurdo, pero también profundamente humano.
Para Eimbcke, esto no es un accidente, sino una decisión narrativa.
“La película se enmarca en el melodrama, pero también tiene un tono fársico”, explica. “Te ríes, pero también puedes llorar”.
Esa mezcla no busca manipular al espectador, sino colocarlo en un lugar más honesto: uno donde la risa y la emoción coexisten, como en la vida misma.
“Hay cosas que te dan risa porque son absurdas, pero también son dolorosas. Así es la vida”.
No hay mensaje, hay historia
A diferencia de cierto cine contemporáneo que subraya sus intenciones, Eimbcke insiste en algo que puede parecer simple, pero no lo es: no parte de un mensaje.
“Nunca pensamos en el tema como tal. No nos interesa dar un mensaje. Nos interesa la historia”.
Esa postura no significa que sus películas estén vacías de significado —todo lo contrario—, sino que el sentido emerge desde los personajes, desde lo cotidiano, desde esas “cosas chiquitas” que abren ventanas hacia algo más grande.
Otro elemento clave en su cine es el uso del espacio. Lejos de grandes despliegues, Eimbcke prefiere los lugares cerrados, contenidos, casi íntimos.
“Un espacio contenido te permite explorar más. Trabajar con el actor, con la escena, quedarte ahí”.
Esa limitación se vuelve, en realidad, una herramienta: reduce el ruido externo y concentra la atención en lo esencial. En sus películas, el espacio no es solo escenario, sino un dispositivo emocional.
Un cine mexicano que busca su propia voz
Al hablar del panorama actual, Eimbcke no cae en el pesimismo fácil. Al contrario: reconoce un momento fértil para el cine mexicano.
“Es una industria muy diversa y muy potente, no solo económicamente, también culturalmente. El cine mexicano no está intentando copiar. Está buscando su propia esencia”.
En ese proceso, las influencias existen —del cine estadounidense, chileno o español—, pero lo relevante es cómo se transforman en algo propio y aunque Eimbcke evita hablar de “mensajes”, sí le interesa lo que ocurre después: las conversaciones que se generan cuando el espectador sale de la sala.
En el caso de Moscas, hay temas que inevitablemente emergen: la infancia, la curiosidad, incluso cuestiones estructurales como los sistemas de salud.
“No es el fin de la película, pero si abre una discusión, está bien”. El cine, en su caso, no dicta respuestas, pero sí deja preguntas flotando.
Checa la entrevista completa en ¿Qué estás viendo?, el podcast de cine de adn noticias dando en este ENLACE.
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