Un grupo de científicos del Instituto de Neurobiologia UNAM demostró que los macacos pueden sincronizarse con piezas musicales. La investigación, liderada por Vani Rajendran, Hugo Merchant, Luis Prado y Juan Pablo Márquez, se desarrolló en el campus Juriquilla de la Universidad Nacional Autonoma de Mexico y fue publicada en la revista Science.
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De un metrónomo a Barry White: Cómo entrenaron a los macacos Gil y Tomás
El punto de partida fue un metrónomo. En 2019, el doctor Merchant publicó en PLOS Biology un estudio donde probó que los macacos podían sincronizar movimientos con un pulso regular si recibían una recompensa.
“En 2019, en un estudio publicado en PLOS Biology, el doctor Merchant demostró que los macacos podían ser entrenados para sincronizarse de manera predictiva con el ritmo regular y constante de un metrónomo, bajo el contexto adecuado de recompensa. Esto inspiró mi hipótesis de que si podían hacer eso, también debían ser capaces de sincronizarse con ritmos más abstractos y complejos, como los que están presentes en la música. Esta hipótesis es lo que me llevó a integrarme en México al grupo del doctor Merchant como posdoctorante, y el presente estudio es el resultado de ese trabajo”, señaló Rajendran.
Durante poco más de tres años, en un laboratorio acondicionado para el registro electrofisiológico, trabajaron con dos macacos machos adultos, Gil y Tomás. Ambos ya estaban entrenados con estímulos rítmicos simples. El reto consistió en guiarlos hacia patrones musicales continuos.
Las piezas elegidas fueron:
- “You’re the First, the Last, My Everything”, de Barry White
- “New England”, de Billy Bragg
- “Passe et medio/Den iersten gaillar”, de Josquin des Prez
Según explicó Rajendran, el proceso implicó sustituir los sonidos secos del metrónomo por estímulos cada vez más prolongados hasta llegar a un flujo continuo, similar al de una canción. Los animales debían identificar el pulso oculto dentro de ese sonido ininterrumpido.
Recompensa externa y precisión rítmica
Cada macaco se sentaba frente a un sistema con palancas, botones, bocinas y pantallas. Un tubo dispensaba gotas de jugo como incentivo. “Este tubo es muy importante, pues ambos macacos trabajan para recibir, a través de él, una recompensa que los mantiene motivados y que consiste en unas gotas de jugo”, explicó Merchant.
Los investigadores evaluaron dos parámetros clave:
- La fase de respuesta, que indica en qué punto del ciclo rítmico el animal cree que se encuentra el pulso.
- El periodo, es decir, la regularidad de los intervalos producidos.
“Ni a Gil ni a Tomás le dijimos explícitamente dónde estaba el ritmo. Ellos lo tenían que descubrir. Sólo les pusimos una condición para que pudieran recibir su recompensa: que los periodos de los intervalos que producían en secuencia fueran relativamente constantes”, detalló Merchant.
Cuando los científicos desplazaron las canciones medio ciclo para comprobar si los animales detectaban el cambio, ambos ajustaron su fase de manera correcta. También lograron seguir distintos tempos con variabilidad controlada.
En los registros en video se aprecia que movían la mano y también otras zonas del cuerpo. “Sí, es fantástico, aunque en realidad no sólo siguen el ritmo con la mano, que es la que medimos y está bajo recompensa, sino también el resto del cuerpo; o sea, bailan a su modo. Y a diferencia de la temporalidad de su mano, esa conducta compleja no está bajo recompensa”, añadió Merchant.
¿Los macacos disfrutan la música?
La pregunta inevitable surgió durante la investigación. Rajendran respondió con cautela: “No creo que estuvieran disfrutando realmente, y mencionarlo es muy significativo. Estos macacos están entrenados para conseguir una recompensa por medio de una conducta a la que nosotros los inducimos. Activan su sistema de recompensa, pero de manera externa; en cambio, los humanos obtenemos una recompensa intrínseca cuando escuchamos música y casi, casi no podemos no movernos, nos gusta movernos, nos da placer, y no lo hacemos por una recompensa que viene de afuera”.
Para Merchant, el hallazgo abre una línea de investigación sobre la maquinaria audiomotora de los primates. “Nuestra hipótesis es que, en el caso de los monos, poseen una maquinaria cerebral audiomotora que les permite realizar lo que nosotros queremos medir, pero debemos guiarlos mediante la recompensa para que la utilicen”, concluyó.
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