Cuando alguien va con prisa, el impulso natural es acelerar para “recuperar” minutos. Sin embargo, distintos estudios y análisis sobre velocidad y conducción señalan que cuanto más rápido circulas, menor es el beneficio real en tiempo y mayor es el peligro.
Las cifras indican que el ahorro se reduce a medida que sube la velocidad, mientras que la probabilidad y la gravedad de un accidente aumentan con rapidez.
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Por qué acelerar ahorra cada vez menos tiempo
La lógica dice que si duplicas la velocidad, llegas antes. Pero el efecto no crece de forma proporcional. En trayectos cortos o urbanos, el tiempo que se recorta con cada aumento de velocidad se vuelve cada vez más pequeño.
En un recorrido de 10 kilómetros, pasar de 10 a 20 km/h supone un recorte notable. Sin embargo, al seguir aumentando la velocidad, la mejora ya no resulta tan impresionante. Cada salto aporta menos minutos de ahorro que el anterior.
Este fenómeno tiene una consecuencia práctica: muchas veces el conductor asume un riesgo elevado para llegar apenas unos minutos antes. En el tráfico real, con semáforos, rotondas y congestión, esa diferencia puede reducirse todavía más. La percepción de “ganar mucho tiempo” rara vez coincide con lo que ocurre en la carretera.
El riesgo crece mucho más rápido que la velocidad
Según BBC News, mientras el ahorro de tiempo disminuye, el peligro aumenta de forma marcada. A mayor velocidad, el conductor dispone de menos margen para reaccionar ante un imprevisto. Además, la distancia total necesaria para detener el vehículo crece de forma muy acusada.
Datos de organismos de seguridad vial del Gobierno de Australia muestran cómo se disparan esas distancias:
- A velocidades moderadas, el coche ya recorre decenas de metros desde que el conductor detecta el peligro hasta que se detiene.
- Al duplicar la velocidad, la distancia de reacción y frenado supera con facilidad la longitud de una calle urbana.
- Cada incremento reduce el margen de maniobra y eleva la probabilidad de impacto.
La gravedad del choque también depende de la energía que transporta el vehículo. Desde el punto de vista físico, duplicar la velocidad no duplica el daño potencial: lo multiplica. Esa energía extra se transmite en el impacto, lo que explica por qué las lesiones graves y mortales aumentan con rapidez cuando sube la velocidad.
Por eso, pequeños incrementos en km/h elevan de forma notable el riesgo de muerte. Lo que parece una diferencia mínima en el velocímetro puede marcar una frontera crítica para la supervivencia.
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