Beber agua siempre se asocia con salud, hidratación y equilibrio. Sin embargo, nueva evidencia científica asegura que el contenido de sal en el agua potable también influye en el organismo. Investigaciones recientes detectan que la salinidad del agua que se consume a diario puede elevar la presión arterial y aumentar el riesgo de hipertensión, especialmente en comunidades cercanas al mar.
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La sal del agua también cuenta para la presión arterial
Un análisis científico liderado por Rajiv Chowdhury desde la Universidad Internacional de Florida que reúne datos de 27 estudios poblacionales y más de 74.000 personas de distintos continentes identifica una relación consistente entre agua salina y tensión arterial elevada. La revisión incluye comunidades de América, Asia, Oceanía, África y Europa, con especial atención a zonas costeras donde el agua subterránea representa la principal fuente de consumo.
El punto clave no es la sal de la dieta, es el sodio que entra de forma inadvertida a través del agua. Cuando acuíferos costeros reciben intrusión marina, el sodio se mezcla con el suministro habitual. Ese aporte extra, aunque parezca pequeño, se acumula día tras día.
Los resultados señalan incrementos medios de presión arterial que a escala poblacional resultan relevantes. Ese aumento se asocia con mayor probabilidad de desarrollar hipertensión, un factor de riesgo directo para enfermedades cardiovasculares, ictus y daño renal.
Por qué el agua salina eleva el riesgo cardiovascular
El sodio regula el equilibrio de líquidos del cuerpo. Cuando su concentración aumenta, el organismo retiene más agua. Ese volumen adicional ejerce mayor presión sobre las paredes de las arterias. El mecanismo es conocido en nutrición, pero ahora se amplía al entorno ambiental.
El estudio observa que las personas expuestas a agua con mayor salinidad presentan:
- Incremento de la presión sistólica
- Elevación de la presión diastólica
- Mayor probabilidad de diagnóstico de hipertensión
- Exposición crónica a sodio sin percepción consciente
Este impacto no depende de hábitos alimentarios concretos. Incluso tras ajustar factores como dieta o nivel socioeconómico, la relación entre agua salina y tensión arterial persiste.
Las zonas costeras son las más vulnerables
Casi la mitad del agua potable mundial procede de acuíferos subterráneos. En regiones cercanas al litoral, el aumento del nivel del mar facilita la intrusión de agua salada en esos depósitos naturales. Millones de personas dependen de pozos locales, donde el tratamiento del agua es limitado o inexistente.
Cocinar con agua salina o cultivar alimentos en suelos afectados incrementa la ingesta total de sodio sin que exista una percepción clara del riesgo. El resultado es una exposición continua que puede pasar desapercibida durante años.
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