Durante años, muchas mujeres han vivido con la sensación constante de ser vigiladas, seguidas o buscadas sin su consentimiento. Este patrón de violencia, conocido como acecho, ha permanecido invisibilizado en gran parte porque no deja huellas físicas. Sin embargo, sus consecuencias pueden ser profundas: ansiedad, depresión y una vida marcada por el miedo.
En el marco del 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, la historia de Citlally refleja cómo esta forma de violencia afecta la vida de las víctimas y la urgencia de contar con herramientas legales para enfrentarla.
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Cinco meses de vigilancia
En 2017, Citlally fue acechada durante casi cinco meses por un compañero de trabajo. Lo que comenzó como insistencia para mantener una relación pronto se convirtió en un patrón constante de vigilancia.
"Cada que yo buscaba terminar esa relación, él me llevaba ramos de flores al trabajo. Empezó a doblar turno para que sus horarios compaginaran con los míos y así estar más tiempo vigilándome", relató.
El hostigamiento fue escalando. Citlally dejó de salir sola y evitaba espacios públicos por miedo a encontrarse con su agresor.
Con el tiempo, las consecuencias fueron evidentes: ansiedad, depresión y una disminución en su rendimiento académico y laboral.
Impacto en la salud mental
De acuerdo con la académica Ana Chapa, de la Facultad de Psicología de la UNAM, el acecho implica un patrón sistemático de vigilancia y control que afecta profundamente a quienes lo viven. "Este tipo de conductas merma la salud mental y la salud física de la víctima", explicó.
Las personas que sufren acecho pueden desarrollar estrés postraumático agudo, insomnio, cefaleas y cansancio constante, entre otras afectaciones psicológicas.
Un delito que aún no estaba tipificado
Cuando Citlally acudió al Ministerio Público para denunciar, su caso no prosperó. La razón: el acecho no estaba tipificado como delito.
"Recibía comentarios como: 'En el momento en que te haga algo, llamas a la patrulla'", recordó. Incluso, señaló que en evaluaciones psicológicas se determinó que aparentemente no estaba afectada.
Mientras tanto, el agresor continuaba con las intimidaciones. Las amenazas ya no eran solo para ella. "Recibía mensajes de que a mi familia le iba a pasar algo, de que también estaban vigilados", contó.
Citlally investigó por su cuenta y reunió pruebas del hostigamiento. Aun así, las autoridades le dijeron que no procedía porque no existía una agresión física directa.
Camino hacia su reconocimiento legal
En febrero de 2026, la Cámara de Diputados aprobó una reforma para sancionar el acecho a nivel federal, impulsada por la iniciativa conocida como Ley Valeria. El decreto fue turnado al Senado y actualmente se encuentra en proceso legislativo para convertirse en delito federal.
La reforma contempla la incorporación del artículo 281 Bis al Código Penal Federal, explicó Gabriela Rodríguez, académica de la Facultad de Derecho de la UNAM.
"El delito de acecho consiste en realizar conductas reiteradas sin consentimiento, como vigilancia, seguimiento, acercamiento o contacto no deseado", detalló.
También incluye acciones intimidatorias o intrusivas que afecten la salud psíquica de la víctima o el desarrollo normal de su vida cotidiana.
Para Rodríguez, el reconocimiento legal de estas conductas representa un parteaguas, ya que visibiliza formas de violencia que no necesariamente implican daño físico y abre la puerta a que los estados incorporen este delito en sus legislaciones locales.
Especialistas subrayan que, además de la tipificación legal, es fundamental que las autoridades atiendan estos casos con perspectiva de género y enfoque en el trauma.
Esto implica partir de la premisa de "yo sí te creo", analizar el contexto de violencia y comprender que cada víctima responde de manera distinta.
Aunque la reforma federal representa un avance, las expertas advierten que el reto también está en fortalecer las acciones de prevención.
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