Un grupo de exingenieros de SpaceX impulsa una apuesta tan audaz como poco convencional. Quieren usar agua como base de un sistema de propulsión para operar en el espacio, con la ambición explícita de abrir una ruta tecnológica que, si funciona, podría disputar terreno a la forma en que SpaceX concibe la movilidad orbital.
General Galactic, cofounded by a former SpaceX engineer, plans to test its water-based propellant this fall. If successful, it could help usher in a new era of space travel. That's a big “if.” https://t.co/aMHPPeyeO5
— WIRED (@WIRED) February 15, 2026
La startup se llama General Galactic y está liderada por Halen Mattison, exingeniero de SpaceX, junto con Luke Neise, con experiencia previa en Varda Space Industries. Ambos preparan una demostración en órbita para probar su idea con una nave de tamaño relevante.
Su prueba apunta a lanzar en otoño un satélite de alrededor de 500 kilos, citado como “Trinity” en reportes, y validar que puede maniobrar usando agua como recurso de propelente. El lanzamiento se prevé a bordo de un Falcon 9.
Si el experimento sale bien, esto podría marcar un punto de inflexión en el desarrollo de combustible espacial. Esto se debe a que el agua además de ser estable y manejable, es además más fácil de almacenar que muchos propelentes tradicionales. La apuesta también busca sentar las bases para un futuro donde repostar fuera de la Tierra sea más factible si se puede obtener hielo o agua en la Luna o Marte.
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¿Cómo funcionará el sistema de propulsión mediante agua del cohete?
La idea clave no es que el cohete salga de la Tierra impulsado por agua como si fuera un juguete presurizado. El planteamiento es que el agua funcione como materia prima para generar empuje en el espacio, donde las naves requieren sistemas de propulsión para ajustes de órbita, cambios de plano y maniobras de larga duración. General Galactic propone un enfoque híbrido. Combina propulsión química y propulsión eléctrica, ambas alimentadas por agua.
En el modo químico, el proceso parte de la electrólisis. Se divide el agua en hidrógeno y oxígeno, y luego esos gases se usan como propelentes que pueden combustionar para producir empuje. El concepto es conocido en ingeniería, hidrógeno y oxígeno forman un par de alto rendimiento. El truco en este caso es hacerlo con agua como “depósito” y producir los gases cuando se necesitan, en lugar de llevarlos desde Tierra.
En el modo eléctrico, el equipo recurre a un propulsor Hall, una tecnología ya usada en satélites. Este tipo de motor prioriza eficiencia sobre empuje instantáneo. En su planteamiento, el oxígeno derivado del agua se ioniza, se convierte en plasma, y se expulsa mediante campos eléctricos y magnéticos. Eso permite impulsos sostenidos durante mucho tiempo con bajo consumo de masa.
Desafíos técnicos de la propulsión con agua
El sistema se entiende mejor como dos velocidad alimentadas por el mismo tanque de agua. Para maniobras rápidas o cuando se necesita un empuje más alto por periodos cortos, la nave puede usar la ruta química. Aplica electrólisis, separa H y O, y usa combustión para generar un chorro caliente que sale por una tobera.
Para trayectos largos o ajustes finos, donde importa más la eficiencia total de la misión, entra la ruta eléctrica con el propulsor Hall. Trabaja con oxígeno ionizado como propulsante, acelerándolo con campos electromagnéticos para producir empuje pequeño pero sostenido.
Hay un desafío técnico importante y es que el oxígeno ionizado es altamente reactivo, y eso puede provocar corrosión y complicar materiales, electrónica y diseño del sistema eléctrico. Esa es una de las razones por las que muchos ven la propuesta como una alternativa de alto riesgo tecnológico. No basta con que el concepto sea elegante, tiene que sobrevivir al ambiente real del espacio sin degradarse.
La parte competitiva frente a SpaceX se juega en el mediano plazo. Si una nave puede usar agua para sostener su propulsión, se vuelve más plausible construir “gasolineras” fuera de la Tierra usando hielo lunar o marciano. Eso reduciría la dependencia de llevar todo el combustible desde el planeta. Por eso, aunque la primera meta sea un satélite de demostración y no un gran lanzador, el trasfondo es una disputa por la infraestructura del futuro. Quien controle el repostaje en órbita puede cambiar las reglas del juego.
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