La dieta por tipo de sangre es un enfoque nutricional difundido desde 1996 por el médico estadounidense Peter D’Adamo, quien sostiene que el grupo sanguíneo influye en la forma en que el cuerpo procesa los alimentos. Según esta propuesta, las lectinas presentes en ciertos productos interactúan de manera distinta con cada tipo ABO.
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En los últimos años, este modelo volvió a ganar visibilidad en redes sociales y blogs de salud. Personas en distintos países la adoptan como una guía para mejorar su alimentación, aunque la comunidad científica mantiene reservas sobre su validez.
¿Qué propone la dieta para cada grupo sanguíneo?
- Tipo O: Prioriza proteínas animales y verduras, con restricción de cereales y lácteos. Se presenta como una dieta de corte ancestral
- Tipo A: Recomienda un patrón casi vegetariano, con alimentos frescos y bajo consumo de carnes rojas
- Tipo B: Plantea una alimentación equilibrada, que incluye lácteos y diversas proteínas, excepto pollo
- Tipo AB: Combina pautas de los tipos A y B, con énfasis en mariscos y fermentados
Este esquema resulta atractivo por su simplicidad y personalización aparente.
¿Cuáles son los posibles beneficios que reportan las personas?
Quienes siguen la dieta por tipo de sangre suelen reportar:
- Mayor energía diaria
- Mejor digestión
- Pérdida de peso gradual
- Menor inflamación abdominal
Especialistas señalan que estos efectos se relacionan más con la reducción de ultraprocesados que con el tipo sanguíneo.
¿Qué dice la ciencia al respecto?
Revisiones científicas, como la publicada en American Journal of Clinical Nutrition, concluyen que no existe evidencia sólida que vincule el grupo sanguíneo con necesidades nutricionales específicas:
- No hay pruebas de beneficios exclusivos por tipo ABO
- Las mejoras ocurren en cualquier persona que adopta una dieta saludable
Mitos y verdades sobre el cuidado bucal
El consenso médico indica que una alimentación equilibrada y personalizada sigue siendo la mejor opción.
¿Cómo se compara con otras dietas saludables?
A diferencia de la dieta mediterránea o la basada en plantas, este enfoque carece de respaldo clínico amplio. Nutriólogos recomiendan usarla solo como referencia inicial y ajustarla con asesoría profesional.
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