La captura y muerte del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, no es solo otra página en la larga historia del crimen organizado en México: es el símbolo de un poder criminal que supo evadir años de persecución y crecer territorialmente bajo múltiples administraciones, pero sobre todo durante la de Andrés Manuel López Obrador. Según la crónica de Joaquín López-Dóriga, el capo se convirtió en emblema de impunidad y expansión, incluso cuando políticos y fuerzas de seguridad proclamaban estrategias de contención.
La narrativa de los “abrazos, no balazos”, que durante años marcó la política de seguridad federal, se exhibe ahora como un obstáculo — o incluso un facilitador — para la consolidación de grupos delictivos como el CJNG. Para López-Dóriga, la fallida promesa de neutralizar criminales sin confrontación directa permitió a la organización de El Mencho diversificar sus actividades ilícitas, sin que el Estado lograra un cerco efectivo sobre su expansión.Lo ocurrido el pasado domingo en Tapalpa, Jalisco, con el operativo militar que culminó en la muerte del capo, no solo refleja un cambio de táctica por parte del gobierno actual — dirigiendo fuego y no solo palabra contra el narco —, sino también un reconocimiento explícito a la importancia de la inteligencia internacional, particularmente de Estados Unidos, para localizar a los líderes criminales más buscados. A diferencia de gobiernos anteriores que presumían autonomía total, la jefa del Ejecutivo aceptó el valor de la cooperación exterior en este caso.
Sin embargo, más allá del simbolismo, está el reto concreto: el CJNG no desaparece con la muerte de su líder. Su estructura territorial, la red de células y rutas de tráfico, así como la capacidad de violencia de sus cuadros intermedios, siguen presentes. La administración federal se enfrenta ahora al dilema clásico: un golpe que, si bien efectivo, puede disparar reacomodos internos, fracturas o incluso nuevas violencias en territorios que antes estaban bajo control centralizado.
Si este episodio marca o no el “fin de los abrazos” como doctrina de seguridad, depende menos de un titular y más de la consistencia de políticas públicas, cooperación internacional sostenida y un verdadero esfuerzo por desmantelar las redes criminales más allá de sus cabecillas visibles. El desafío no termina con la caída de un capo; apenas empieza a medirse la capacidad del Estado para enfrentar la complejidad del narco en su conjunto.
La desaparición física de El Mencho puede ser un hito, pero no es en sí misma la victoria. El verdadero fin de los abrazos se verá si México es capaz de construir una estrategia de seguridad que combine capacidades operativas con transformación institucional.
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