En su columna “Los nuevos ricos de Morena”, publicada en Milenio, el escritor Héctor Aguilar Camín aborda un fenómeno que considera paradójico y revelador: la aparición de una nueva clase de políticos provenientes de Morena que, pese a exhibir un discurso centrado en el bienestar de los pobres, encarnan —en su vida cotidiana— un estilo de vida de lujo y privilegio que choca con esa narrativa.
Aguilar Camín observa que esta ostentación no se limita a gestos aislados, sino que se ha vuelto parte del paisaje. Relojes costosos, ropa de marca, viajes de lujo, viviendas con patrimonios inexplicables y estilos de consumo que se elevan por encima de los ingresos públicos regulares son manifestaciones de un fenómeno que ya se acostumbra a ver entre altos funcionarios, legisladores y cuadros cercanos al poder.
El autor también señala que el reciente escándalo por la adquisición y circulación pública de camionetas de lujo para altos magistrados de la Corte es solo un síntoma más de este “nuevo riquismo” que, según él, permea varias capas de la estructura política actual.
Este estilo de vida, agrega Aguilar Camín, va acompañado de una protección política y social ejercida por la tribu morenista, un grupo cohesionado que rara vez desacuerda cuando se trata de distribuir recursos o salvaguardar privilegios.
Más allá de criticar lujos puntuales, la columna plantea un problema de coherencia: el uso del discurso de austeridad para justificar recortes o sacrificios a la ciudadanía, mientras quienes están en el poder acceden a beneficios que parecen contradecir ese mismo mensaje. Este contraste, señala el articulista, refleja una brecha profunda entre la retórica oficial y la realidad de quienes ocupan espacios de poder, lo que termina por erosionar la credibilidad del proyecto que dicen representar.
Pronunciar “primero los pobres” es fácil cuando se habla desde un atril. Es otra cosa cuando ese slogan convive con relojes caros, casas de lujo y fiestas que pocos pueden costear. Cuando la élite que predica austeridad vive como si nunca hubiera conocido límites, la pregunta obligada no es cuánto gastan, sino qué tan auténtico es el mensaje que quieren que los pobres sigan creyendo.
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