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Lenia Batres y el golpe interno al Poder Judicial

Jorge Fernández Menéndez acusa que Lenia Batres confunde la impartición de justicia con militancia política, debilitando una de las pocas certezas que aún sostiene al Estado de derecho: la cosa juzgada.

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Lenia Batres en una sesión de la Suprema Corte|SCJN

En su columna “Lenia rompe el Poder Judicial”, publicada en Excélsior, Jorge Fernández Menéndez lanza una crítica directa al papel que ha asumido Lenia Batres dentro de la Suprema Corte , a quien señala por sustituir los principios jurídicos por una agenda personal e ideológica que erosiona la credibilidad del Poder Judicial.

El columnista sostiene que el problema no es una diferencia de criterios, sino algo más profundo: la confusión deliberada entre justicia y militancia. En lugar de ceñirse a la interpretación de la ley y al respeto de los procedimientos, Lenia —afirma— ha optado por convertir sus resoluciones y posturas públicas en actos políticos, alineados con una narrativa de confrontación y revancha.

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Fernández Menéndez pone como ejemplo el episodio de esta semana en torno a la “cosa juzgada”, uno de los principios básicos del derecho moderno y una de las pocas certezas que aún dan estabilidad al sistema jurídico. Cuestionarla, minimizarla o reinterpretarla de forma caprichosa no solo fue, a juicio del autor, un error técnico, sino un acto de frivolidad jurídica que expuso a la ministra al ridículo y debilitó la confianza en la Corte.

El texto advierte que cuando un juez —y más aún una ministra— actúa desde la lógica de la militancia, el daño no se limita a un caso concreto. Se abre la puerta a la arbitrariedad, a la inseguridad jurídica y a la idea de que las sentencias pueden cambiar según la conveniencia política del momento.

Fernández Menéndez subraya que el Poder Judicial no puede convertirse en un brazo del proyecto político en turno sin perder su razón de ser. Su función es incomodar al poder, no servirle; poner límites, no justificar excesos. Cuando esos límites se diluyen, lo que se rompe no es una resolución, sino la arquitectura misma del Estado de derecho.

Un Poder Judicial guiado por agendas personales deja de impartir justicia y empieza a administrar lealtades. Si principios como la cosa juzgada se relativizan por conveniencia política, lo que queda no es un sistema legal más justo, sino uno más frágil, más impredecible y peligrosamente sometido al poder. Esa es la verdadera ruptura.

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