Lo que antes era mar abierto en el Mar de China Meridional hoy luce como un archipiélago de islas con pistas de aterrizaje, puertos y radares. Durante más de una década, China llevó a cabo una operación de ingeniería marina sin precedentes: dragar el fondo oceánico, bombear arena y sedimentos sobre arrecifes sumergidos, y construir tierra firme donde antes solo había agua.
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China generó nuevas islas tras varias toneladas de arena en el océano
El proceso, aunque técnicamente sencillo, fue gigantesco en escala. Entre 2013 y 2016, barcos especializados succionaron millones de toneladas de material del lecho marino y lo depositaron sobre estructuras frágiles como los arrecifes Fiery Cross, Subi y Mischief. Una vez formada la base, se compactó el terreno, se reforzó con muros de hormigón y se levantaron infraestructuras capaces de soportar aviones militares, buques y sistemas de vigilancia.
Hundreds of rocks, reefs, and shoals are scattered across the disputed South China Sea. Learn more about them at AMTI: https://t.co/TZtxnskXeo pic.twitter.com/NVBQv34DKj
— AMTI (@AsiaMTI) January 14, 2026
En menos de tres años, China creó más de 1.200 hectáreas de tierra nueva —equivalente a unos 1.600 campos de fútbol— en zonas disputadas del archipiélago de las Spratly. Estas “islas artificiales” no son pequeños islotes, sino plataformas operativas con energía, agua potable e incluso vegetación plantada para simular ecosistemas naturales.
¿Por qué importa esto?
Porque estas islas cumplen funciones estratégicas clave:
- Proyectan poder militar en una de las regiones más transitadas del planeta.
- Controlan rutas marítimas por las que pasa cerca de un tercio del comercio global.
- Refuerzan la presencia permanente de China en áreas reclamadas también por Filipinas, Vietnam, Malasia y otros países.
- Reducen tiempos de respuesta ante incidentes o tensiones en la zona.
Sin embargo, lo que se ve desde el cielo no cuenta toda la historia. Bajo la superficie, el daño ambiental ha sido severo. Estudios científicos estiman que entre 12 y 18 kilómetros cuadrados de arrecifes de coral fueron destruidos de forma irreversible. El sedimento suspendido en el agua bloquea la luz solar, asfixia la vida marina y afecta directamente a las pesquerías locales, un recurso vital para miles de familias en el Sudeste Asiático.
Además, desde el punto de vista del derecho internacional, estas islas no otorgan automáticamente derechos marítimos. En 2016, un tribunal arbitral respaldado por la ONU determinó que las estructuras artificiales no generan zonas económicas exclusivas, como sí lo haría una isla natural. Aunque China rechazó ese fallo, la decisión sigue siendo un referente legal para otros países.
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