En Caracas, la ciudad parece contener la respiración tras la captura de Nicolás Maduro en un operativo atribuido a fuerzas estadounidenses, un hecho que sacudió el tablero político y reconfiguró el pulso de la calle en cuestión de horas. Lejos de la imagen de una capital desbordada, lo que domina es una tensa calma: persianas a medio bajar, tránsito intermitente y ciudadanos midiendo cada paso, como si cualquier ruido pudiera romper el frágil silencio que se instaló desde hace dos días.
En estas últimas 48 horas, ver hombres enmascarados vinculados a colectivos progobierno, algunos portando armas largas, se ha convertido en una escena repetida en distintos puntos de la capital, de acuerdo con reportes y videos difundidos en redes sociales. Es una presencia que no siempre se traduce en enfrentamientos abiertos, pero sí en un mensaje claro: control territorial, intimidación y vigilancia en una ciudad que ya no se mueve con normalidad.
La detención de Maduro —reportada por diversos medios internacionales— se enmarca en una operación que lo llevó fuera de Venezuela y bajo custodia en Estados Unidos, con información que lo ubica recluido en una cárcel federal en Nueva York. Mientras tanto, dentro de Venezuela, la incertidumbre se siente en el transporte público, en las colas para abastecerse y en conversaciones en voz baja, porque el temor no solo es a la violencia, sino a la imprevisibilidad de lo que pueda venir.
Colectivos armados en la capital
En zonas populares y también en arterias clave, los caraqueños describen una “nueva normalidad” marcada por la circulación de grupos motorizados y encapuchados, señalados como colectivos, con denuncias de que estarían armados y desplegados como fuerza de choque o contención. Los videos y reportes ciudadanos que circulan en plataformas digitales alimentan esa percepción y han disparado el nerviosismo, especialmente al caer la tarde, cuando el movimiento baja y la vigilancia parece subir.
El efecto inmediato es el repliegue: familias que reducen salidas, comercios que operan con cautela y una ciudad que se organiza por rumores, notificaciones y cadenas de mensajes. En paralelo, el ambiente se sostiene en equilibrio inestable: no es caos total, pero tampoco rutina; es la sensación de estar bajo observación permanente.
Oleada de represión en contra de opositores
En redes sociales también se han multiplicado reportes sobre colectivos que estarían montando puntos de revisión en distintas arterias de Caracas, con denuncias de ciudadanos que aseguran que les inspeccionan autos y hasta los teléfonos en busca de mensajes, fotos o contactos que delaten simpatía por la detención de Nicolás Maduro. Estas versiones, difundidas en las últimas 48 horas, se insertan en un clima donde el control y la intimidación se sienten como parte del paisaje cotidiano.
Este endurecimiento ocurre después de que el gobierno venezolano publicara el decreto de Estado de Conmoción Exterior, un instrumento con rango de ley que otorga amplios poderes a la presidencia y ordena a los cuerpos de seguridad “la búsqueda y captura” de toda persona involucrada en la promoción o apoyo del ataque de Estados Unidos contra Venezuela. El documento está fechado el sábado, aparece firmado por Maduro —ya detenido— y refrendado por Delcy Rodríguez como presidenta encargada, además de establecer una vigencia inicial de 90 días, prorrogables por 90 días más.
En el mismo decreto se contempla la militarización de infraestructura estratégica (servicios públicos, industria petrolera e industrias básicas), la posibilidad de requisar bienes para la “defensa nacional” y la suspensión de derechos como reuniones y manifestaciones públicas, bajo el argumento de proteger al país en un contexto extraordinario. De acuerdo con expertos esta figura implica restricción de garantías constitucionales, aunque la Constitución venezolana preserva derechos considerados intangibles, como vida, debido proceso y prohibición de tortura o incomunicación.
El periodista que escribió este artículo omite su identidad por cuestiones de seguridad
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