El desierto del Sáhara es uno de los entornos más hostiles de la Tierra , con suelos que pueden superar los 70 grados y una superficie muy endurecida. Durante años, distintos intentos buscaron frenar su avance, desde grandes barreras verdes hasta propuestas ecológicas inesperadas. Pero ese fracaso fue lo que llevó a científicos y comunidades locales a replantear el problema desde un ángulo muy distinto.
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Iniciativas fallidas en el desierto del Sáhara
Uno de los enfoques más ambiciosos apostó por introducir vegetación de forma masiva para crear un muro natural que detuviera el desierto. Pero los brotes no soportaron la pérdida rápida de humedad ni el calor constante, y acabaron secándose antes de arraigar.
También se intentó una solución basada en la apicultura, con colmenas pensadas para favorecer el equilibrio ecológico. El resultado fue devastador: el calor extremo derritió la cera de los panales y provocó la muerte de millones de abejas. Estos fracasos dejaron claro que el problema no estaba solo en la ausencia de agua, sino en un suelo compacto e impermeable que no dejaba que la lluvia penetrara.
La clave estaba en la forma del terreno
El punto de inflexión llegó cuando se cambió el enfoque y se puso el foco en la estructura física del suelo. Investigadores y poblaciones locales comenzaron a aplicar una técnica basada en geometría y adaptación al entorno, que consistía en modificar la superficie del terreno para aprovechar mejor el agua de lluvia.
Se excavaron cavidades en forma de media luna, orientadas en sentido contrario a la pendiente. Estas pequeñas estructuras cumplen varias funciones al mismo tiempo:
- Frenan la escorrentía del agua y evitan la erosión
- Permiten que la lluvia se acumule y penetre en capas profundas
- Rompen la costra dura del suelo y facilitan la retención de humedad
Dentro de estos huecos, la temperatura es más baja que en la arena expuesta, lo que reduce la evaporación y crea un microambiente más favorable.
Con el paso del tiempo, esta solución empezó a dar resultados visibles. La humedad retenida permitió que semillas y raíces que permanecían latentes volvieran a activarse. Pastos, insectos, aves y árboles autóctonos comenzaron a reaparecer en zonas que parecían completamente estériles.
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