En su columna La resaca de Jesús Ramírez Cuevas, Mario Maldonado ofrece una de las críticas más duras hasta ahora sobre quien fuera vocero del gobierno de Andrés Manuel López Obrador y hoy figura relevante en la comunicación política del oficialismo. El texto no se limita a reprochar declaraciones o decisiones de coyuntura: traza una narrativa que combina intriga, operación política y una influencia indeleble en los modos de hacer política de la 4T.
Para Maldonado, la designación de Ramírez Cuevas como vocero presidencial fue, desde el inicio, una de las decisiones más cuestionables de López Obrador: un operador mediático que, más allá de informar, se convirtió en un gestor de percepciones, rivalidades y silencios estratégicos dentro del propio movimiento. El columnista recuerda cómo, desde Palacio Nacional, Ramírez Cuevas habría moldeado mensajes, direccionado discusiones internas y participado en operaciones políticas contra figuras tanto externas como internas al gobierno.
El texto va más allá de la simple crítica personal. Maldonado ubica a Ramírez Cuevas como una pieza clave en la manera en que se ha ejercido la comunicación y la política durante los últimos años, desde la transición de 2018 hasta su salida del cargo en 2024. Su papel, según el autor, no fue informativo, sino operativo: incidió en decisiones internas, participó en tensiones con figuras como Julio Scherer —cuya salida de la administración fue controversial— e incluso habría intervenido en la construcción de narrativas alrededor de casos sensibles como Ayotzinapa o candidaturas competitivas.
La columna no se queda en lo pasado. Maldonado sugiere que el legado de Ramírez Cuevas no desaparecerá con su salida formal del gabinete. Para el cronista, sus huellas están en la manera en que se articula la comunicación gubernamental y cómo se ha gestionado la información pública, con acciones que a veces han sobrepasado el ámbito de lo transparente para moverse en zonas grises de estrategia política y confrontación mediática.
El análisis de Maldonado pone sobre la mesa una pregunta que va más allá de una persona: ¿cómo se equilibra el derecho de un gobierno a comunicar con la necesidad de que esa comunicación no se convierta en operación política encubierta? Si la resaca de Jesús Ramírez Cuevas incluye tensiones, polémicas y una influencia interna persistente, entonces el debate no es solo suyo: es sobre la cultura política que hemos aceptado como normal.
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