Los grandes dirigentes, y en realidad hasta los menos grandes, halagan a sus pueblos, pero muy pocos han pergeñado elogios tan elocuentes como el de Pericles. Con palabras sencillas, nos habla de un fenómeno por desgracia poco común a lo largo de la historia: el de una sociedad de personas libres y autónomas, prosperando en una ciudad abierta al mundo.
Los grandes dirigentes, y en realidad hasta los menos grandes, halagan a sus pueblos. Pero muy pocos han pergeñado elogios tan elocuentes como el de Pericles. Con palabras sencillas, nos habla de un fenómeno por desgracia poco común a lo largo de la historia: el de una sociedad de personas libres y autónomas, prosperando en una ciudad abierta al mundo.
Preferimos la alegría que la tristeza. Pero para ser felices hay que vivir bien, y para vivir bien no podemos pasárnosla en una burbuja artificial, ni con una idea tan limitada de la existencia que niegue sus aspectos menos agradables.
Gracias a las teorías filosóficas, sociales, históricas, científicas, económicas, ¡educativas!, podemos explicarnos el pasado, entender el presente y predecir el futuro.
Los profetas y adivinos, la religión y la superstición, los mitos y los ritos, han existido desde que los seres humanos comenzaron a buscar sentido a su existencia; en todos los pueblos del mundo, los mitos han servido como explicaciones suficientes acerca de los misterios más profundos de la condición humana.
En las páginas fascinantes de “La rama dorada”, de James Frazer, se relatan decenas de hechizos para provocar la lluvia, que en algún momento se practicaron en todos los continentes.
Algo importante podemos aprender de la vía negativa. En muchas ocasiones, es imposible saber qué es lo que hay que hacer, pero es imperativo saber qué es lo que no hay que hacer.
“El martirio de San Andrés” de Rubens está en el Museo Nacional de Arte (MUNAL).
Es bien sabido que las ideas de Nicolás Copérnico no fueron bien recibidas por la mayoría de sus contemporáneos. En el libro Charlas de sobremesa, que recoge dichos del reformador protestante Martín Lutero, tal y como fueron escuchados por algunos de sus estudiantes, se le atribuye haber dicho lo siguiente:
No necesitamos citar a ninguna autoridad para que nos demos cuenta de la gran importancia que tiene la conversación en nuestra vida intelectual y moral. Todos hemos aprendido muchísimas cosas en las conversaciones que hemos sostenido con otras personas, y esas conversaciones pueden modificarnos incluso sin que nos demos cuenta.
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