La fosa clandestina donde ya aparecieron los restos de cinco de los mineros secuestrados no es solo un hallazgo criminal: es una confirmación brutal. Así lo plantea Solórzano en su columna El Verde: México se ha convertido en un país donde las fosas brotan por todas partes, como una geografía del abandono que se extiende sin freno.
El hallazgo no sorprende, pero sacude. No porque sea excepcional, sino porque es parte de un patrón. Una fosa más, otra historia de desaparición, otro grupo de familias condenadas a buscar entre la tierra lo que el Estado no quiso —o no supo— encontrar en vida. La tragedia de los mineros secuestrados se suma a una lista interminable de ausencias que ya no caben en las estadísticas.
Solórzano apunta al fondo del problema: la normalización del horror. Durante años, el país ha visto cómo aparecen fosas clandestinas en estados gobernados por todos los colores partidistas, sin que eso haya detonado una política de Estado capaz de enfrentar la magnitud del crimen. Se excava la tierra, pero no se toca el origen del problema.
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Y aquí aparece la responsabilidad política. Para Andrés Manuel López Obrador, el drama de los desaparecidos nunca fue un asunto prioritario. No lo fue en el discurso, no lo fue en la agenda y no lo fue en los hechos. Se optó por minimizar, por relativizar cifras, por desviar la conversación hacia otros temas, mientras el país se llenaba de fosas y colectivos de búsqueda hacían el trabajo que le correspondía al Estado.
La fosa de los mineros es una metáfora dolorosa: mientras se insistía desde el poder en que “ya no era como antes”, el subsuelo seguía llenándose de cuerpos. La violencia no se fue, solo cambió de profundidad. El problema no desapareció; se enterró.
La pregunta ya no es cuántas fosas más aparecerán, sino cuántas fueron toleradas bajo la lógica de la negación. Cada hallazgo es una prueba de que el país convivió con la desaparición como si fuera un daño colateral inevitable. La fosa de los mineros no es un caso aislado: es el retrato de un Estado que prefirió no mirar.
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