En su columna “Maduro cayó… como anillo al dedo”, publicada en El Universal, el periodista Carlos Loret de Mola plantea una lectura crítica del momento político nacional, en el que la captura del líder venezolano Nicolás Maduro por parte de fuerzas estadounidenses fue aprovechada por el gobierno de México para desviar la atención pública de una tragedia doméstica grave.
Loret recuerda que el expresidente Andrés Manuel López Obrador, tras 34 días de ausencia del ojo público, reapareció en redes con una carta dirigida al presidente Donald Trump criticando la operación contra Maduro. Según el articulista, ese pronunciamiento no fue un acto espontáneo de solidaridad con Venezuela ni con la izquierda latinoamericana, sino una jugada mediática calculada: en México, donde el asunto de Venezuela genera titulares, esa intervención ayudó a orientar la conversación pública hacia un tema internacional, justo cuando la atención nacional estaba centrada en el descarrilamiento del Tren Interoceánico, ocurrido seis días antes y con saldo de 14 muertos.
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Para Loret de Mola, el movimiento formó parte de una estrategia para minimizar el impacto informativo del desastre del tren, que viene acompañado de señalamientos sobre corrupción y negligencia en la obra, así como de grabaciones que vinculan a personas cercanas a los hijos del expresidente con contratos y beneficios del proyecto.
El columnista cuestiona si, en un contexto diferente, la revelación de esas grabaciones y los elementos adversos al gobierno no habrían desencadenado investigaciones más profundas y citatorios a declarar para los implicados. La rapidez con que se desplazó la agenda mediática, sostiene, revela una gestión de crisis más interesada en controlar narrativas que en enfrentar las consecuencias reales del accidente.
Cuando un gobierno usa un hecho internacional para apagar el foco sobre un desastre doméstico, no solo está jugando con la agenda pública: está administrando prioridades políticas antes que responsabilidades reales. En ese intercambio de titulares, las víctimas del tren quedan en segundo plano, y lo que importa es quién domina la conversación, no quién responde por lo ocurrido.
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