Bernardo Fernández, menciona que su abuelo paterno fue cronista taurino bajo el seudónimo Machernudo, y que su hogar, influenciado por el 68, era un ambiente de lectores con inclinaciones políticas. Desde niño, desarrolló un interés por los cómics, leyendo tiras cómicas en periódicos e historietas. Relata cómo su abuelo intentó que publicaran sus tiras a los 13 años, y cómo su madre le enseñó el concepto de dividir una página para crear una historia.
Explica cómo pasó de las influencias de cómics estadounidenses y europeos a la tradición mexicana, citando a los “moneros” de La Jornada como Gis, Trino y Magu, quienes fusionaron la caricatura mexicana con un espíritu contracultural punk. Valora la genialidad de Magu en la deconstrucción del dibujo y la abstracción. Reflexiona sobre la historieta como un medio narrativo legítimo, no una artesanía menor, y cómo la falta de reconocimiento de los autores en México lo llevó a la autoedición en fanzines antes de colaborar con editoriales mainstream. Se considera un prosista paralelo y cree que los cómics pueden ser literatura, en línea con la definición de Kurt Vonnegut. Finalmente, aborda el impacto de la novela gráfica asiática (manga) y la importancia de contar historias profundas, concluyendo con su autoidentificación como “punk de colegio marista”.