Francia está en las calles, cientos de miles de personas protestan por el costo de vida y el deterioro de los servicios públicos, pero detrás de esa indignación hay una pregunta incómoda ¿qué sucede cuando el estado promete más de lo que puede pagar y no permite que crezca la oferta y termina agravando los problemas que propuso resolver?
Aquí hay una palabra fundamental, libertad, libertad para emprender, competir, invertir y generar oportunidades. Protestar es un derecho, la violencia no, pero la indignación también debería dirigirse a las políticas que frenan el crecimiento y encarecen la vida.
La prosperidad no se decreta ni se consigue repartiendo promesa y Francia nos deja una advertencia: Cuando el populismo se queda sin dinero, el descontento termina llenando las calles.



