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El hombre que cruzó nadando el Canal de la Mancha. Más Cuentos de El Faraón Gabriel Hernández

Más cuentos de El Faraón, Gabriel Hernández: Hoy y aprovechando la fiebre futbolera, les cuento una historia en épocas mundialistas de los años 90.

28 noviembre 2022 19:49hrs Opinión adn40 Actualizado el 01 febrero 2023 18:21hrs
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Escrito por: Gabriel Hernández
Más cuentos de “El Faraón del Espectáculo”, Gabriel Hernández
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Más Cuentos de El Faraón por Gabriel Hernández: Bien dicen que reportero sin suerte, no es reportero. Ya lo hemos hablado aquí en diferentes ocasiones. Pero podemos completar la frase con una idea todavía más poderosa que la suerte. Se trata de la memoria. Un magnífico tesoro del que todos deberíamos echar mano mucho más a menudo de lo que sucede en nuestras vidas. Nos vamos a remontar al año mundialista de 1998.

Trabajaba en ese momento en mis primeras encomiendas en el estudio de espectáculos bajo las órdenes de Guillermo Wilkins, que en ese momento era el productor del programa “Caiga Quien Caiga” que inició sus transmisiones el 30 de Junio de 1997. Lo recuerdo bien porque ese fue mi primer día en la producción del programa. Hago énfasis en el año mundialista, porque jugábamos un torneo de futbol rápido con la representación del programa y no teníamos uniforme completo.

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Todos íbamos vestidos de chile, mole y pozole, por lo que el señor Wilkins me hizo una encomienda no muy fácil de conseguir en aquellos días en que las redes sociales no existían ni en sueños y lo poco que teníamos para vencer y convencer eran los argumentos que un buen discurso podía ofrecer. Se me pidió que consiguiera los uniformes del equipo patrocinados. Debo confesar que esa era una tarea que nunca antes había realizado, se trataba de una labor de relaciones públicas que requería de una maestría especial, y que en ese momento, no tenía idea de cómo se lograría. Así que me di a la tarea de averiguar dónde y quienes estaban al frente de las gerencias de mercadotecnia de las diferentes marcas deportivas en México.

La de la palomita estaba en Guadalajara, fue la primera descartada. Hasta que encontré la de las tres franjas, cuya oficina principal se encontraba, en aquellos años, por el rumbo de la alcaldía Iztapalapa. Conseguí la cita con el gerente y me dijo que me recibiría, más porque no entendía bien la oferta y tenía curiosidad de ver mi cara al solicitar que la marca alemana vistiera a nuestro equipo de futbol rápido.

Un baño con agua fría como el Canal de la Mancha


Antes de continuar, debo hacer una pausa para comentarles un hecho que ocurrió unos 15 años antes.

Transcurría una mañana como cualquier otra en casa de mis padres, nos disponíamos a iniciar las actividades cotidianas cuando nos percatamos que no servía el calentador del agua. Nos tuvimos que duchar con agua relativamente fría. Por lo menos, así la sentí yo.

El acto heroico del agua fría fue comentado en el trayecto a la escuela. “Fuimos muy valientes, aguantamos el agua helada” le dije a mi padre en ese tono que usan los niños que buscan la aprobación de quien les dio la vida. “No hombre, nada que ver” respondió mi padre en ese tono que usa, hasta la fecha, para avisar que se dispone a contar una de esas historias que conoce. “Agua helada, la que sintió Damián Pizá cuando entrenaba en las lagunas del Nevado de Toluca para una de las más grandes hazañas de un mexicano. Atravesar a nado el Canal de la Mancha”.

Debo decir, que hasta la fecha, mi padre tiene el enorme talento que captar la atención de sus interlocutores a la hora de contar las historias. Nadie te cuenta un libro o una película mejor que él. “Cuando llegó la hora de nadar en las aguas de Normandía, el mexicano, sintió el agua todavía más fría que en el volcán del Estado de México, así que no creo que el agua de hoy, haya estado tan helada como las del canal de la mancha”.

Ahora sí, continuó en 1998. El gerente me dijo en tono medio desganado, que para tener lo que necesitaba nuestro equipo, tendría que hablar con su jefe, quien era el director de marketing y que por cierto. “Es un hueso duro de roer, es una persona muy especial, por favor no lo hagas perder su tiempo”. Yo pensé, voy a intentarlo. En realidad el “no” ya lo tengo. ¿Qué más puede ocurrir?

Entré en esa oficina, con una decoración que tenía los muebles con una especie de forro de piel verde militar, tanto en las sillas, como en el escritorio. El señor estaba en una llamada telefónica y me hizo una seña con los ojos en la que me pedía tomar asiento. Un letrero identificador llamó mi atención. Decía, Arq. Damián Pizá.

Ese nombre se me hacía familiar, lo había escuchado en alguna parte. De pronto llegó a mí el recuerdo como el destello relampagueante de las ideas geniales. Una vez que terminó su llamada, me presenté y nos saludamos de mano y en un espacio de silencio le pregunté qué era de él Damián Pizá, el ilustre mexicano cruzó el Canal de la Mancha. Me miro por encima de sus anteojos para la vista cansada y haciendo una pausa que le sirvió para ahogar la sorpresa, me respondió. “Era mi padre”.

El gesto cambió y de inmediato firmó todo lo necesario para que me llevara los uniformes de nuestro equipo de futbol rápido. El gerente, que por cierto se llamaba Raúl, aunque no recuerdo su apellido, me miraba sorprendido. “¿Cómo le hiciste? Me dijo. El señor Pizá no hace eso con nadie.

Bueno, le conté una historia que él y yo sabíamos. Aquellos uniformes, por cierto, son muy parecidos a los de la Selección de Alemania que actualmente usan en la Copa Mundial de Qatar 2022 . Para que tengan esa referencia.

Más Cuentos de El Faraón por Gabriel Hernández Miranda. “El Faraón Del Espectáculo”
@Faraon_Gabriel

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