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21 marzo 2017 09:03hrs
Redacción ADN40
Opinión

El presupuesto del miedo

Donald Trump pretende incrementar el presupuesto de defensa norteamericano en 10%.

Por Guillermo Fajardo

En su libro _Los Estados Unidos del Miedo_, Tom Engelhardt describe una situación que, además de trágica, revela con minuciosidad todos los elementos de la economía del terror y de la guerra psicológica contra los Estados Unidos por parte de organizaciones terroristas: después de que en 2010 se encontraran un par de bombas en la parte trasera de dos aviones los cuales iban de Yemen a los Estados Unidos, los responsables publicaron en línea que el costo total del plan había sido de, aproximadamente, $4, 200 dólares. Estimaron, en cambio, que el costo para adoptar nuevas medidas de seguridad en los aeropuertos de todo el mundo iba a ser de billones de dólares. La operación terrorista fue llamada _Operación Hemorragia_ y, como dice correctamente Engelhardt en su libro, la hemorragia no se refería a sangre norteamericana sino a su tesoro, al dinero, al gasto.

Viene a cuento la anécdota ahora que Donald Trump pretende incrementar el presupuesto de defensa norteamericano en 10% y asignar dinero a la construcción del muro, cortando el presupuesto de agencias norteamericanas que son claves para ciertas tareas de seguridad, como la FEMA, la agencia encargada de inyectar dinero y recursos cuando ocurre un tornado o un huracán, como el Katrina. El muro se ha convertido, más que en prioridad, en ideología: ya no es un capricho de Trump sino, más bien, una necesidad. La guerra psicológica en Estados Unidos ya no es librada por estados terroristas u organizaciones que amenazan con disrupciones violentas en las ciudades norteamericanas, sino por medio de la propia administración Trump.

Stephen Bannon, el hombre más cercano al Presidente, no sólo cree en la guerra contra el Islam sino en medidas populistas que revelan un carácter de resentimiento político y de inflamación nacionalista: estamos en las antípodas de una política que, basada en el miedo al inmigrante, al refugiado, al lenguaje que no es el del imperio, abstrae las posibilidades de infección de cada uno de esos agentes y los transmuta en política pública. El ambiguo programa de Trump se concreta en Bannon y pasa por él. El muro se convierte en ideología porque el Presidente -y Sean Spicer, el secretario de prensa de la Casa Blanca, así lo ha dicho- está convencido de determinado curso de acción, y esa sola creencia, sin estar basada en algún tipo de análisis, es suficiente para firmar órdenes ejecutivas. Los mitos que se encontraban en los bordes de la política norteamericana se han trastocado en centro. La paranoia del país más paranoico del mundo tiene su punto neurálgico en el corazón del poder.

Al anti intelectualismo norteamericano presente en la elección pero latente desde hace tiempo, se le suma una crítica global de las élites y de la inmigración que, al mismo tiempo que se convierte en retórica, también se contradice inmediatamente: vea el lector el gabinete de Donald Trump para darse cuenta que al presidente no le interesa, ni de lejos, drenar el pantano sino, acaso, cambiarle el nombre. Según Engelhardt, el presupuesto norteamericano en seguridad asciende al trillón de dólares, y el incremento del presidente Trump solamente complica más la situación del miedo como componente vital en la política norteamericana pero también lo incardina en las venas del dólar. Se trata de una visión política con un apocalipsis en puerta cada vez que el presidente abre la boca.

Solamente en una sociedad tan obsesionada por el progreso material y la ignorancia, un Presidente millonario y mentiroso, misógino y xenófobo puede adelantar un programa de medidas racistas. Una parte del electorado norteamericano sigue emborrachándose con las buenas nuevas que provienen de la Casa Blanca: una nueva orden ejecutiva, alguna nueva paranoia del presidente, otro dato que se fuga al exterior. El corporativismo norteamericano, ese que intenta revivir industrias muertas o seguir protegiendo la Segunda Enmienda con más sangre, serán los beneficiados del nuevo pantano político de Trump. ¿Cómo puede el votante blanco beneficiarse de pactos corporativos al más alto nivel, un muro que no detendrá la inmigración ilegal proveniente de México que está bajando año con año, y un entorno de competitividad global que ahora también es local con talentos de todo el mundo?

Lo que los blancos resentidos necesitaban era reconocimiento. Ahora que el Presidente los ha reconocido, la clase blanca trabajadora está cómoda en el sillón, pensando en lo que van a hacer cuando recuperen su país. En realidad, no hay ningún consuelo para ellos: nativos, locales, ignorantes. Ahora que la clase política y los medios de comunicación los han señalado, el proceso de olvidarlos de nueva cuenta comienza.

Su pretensión nunca fue la de mejorar su calidad de vida ni sus perspectivas de futuro, sino acaso apuntarse, como clase social, un estrellato efímero que, al igual que su Presidente, está hecho de luces y de la repetición incesante de mentiras que los confortan.

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